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martes, 13 de diciembre de 2011

Teatro Romano de Mérida

Este verano tuve la ocasión de visitar Mérida, la capital de Extremadura. Hacía ya bastante tiempo que quería visitar esta ciudad, cuyo conjunto arqueológico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993. Desde siempre me ha fascinado la cultura clásica y Mérida en este sentido es una auténtica joya.


Fui a Mérida en autobús desde Sevilla. Se presentaba un día caluroso de verano, el sol empezó a calentar ya de buena mañana y cuando llegué a la estación de autobús de Mérida y tuve que cruzar uno de los puentes sobre el río Guadiana para ir al centro, pude comprobar en mi piel el intenso calor por la que es famosa esta zona de España en los meses estivales. A primera vista, la ciudad es como un pueblo grande. No tienes en absoluto la sensación de estar en una gran ciudad atestada de coches y gente, y eso es algo que se agradece.

Al ir hacia el centro, cargado con mi mochila, iba visualizando en mi cabeza los lugares más famosos de la ciudad: el Teatro Romano, el Anfiteatro, el Acueducto de los Milagros, la Casa del Mitreo, el Templo de Diana… Recordaba aquellas clases de bachillerato en las que el profesor de arte explicaba las características del arte romano en una diapositiva y mi profesora de latín nos sumergía en la cultura clásica, explicándonos mitos, enseñándonos los entresijos de la lengua latina y leyendo a los grandes autores clásicos de la época… Iba muy ilusionado, veía la ciudad envuelta de una atmósfera especial, como un niño pequeño que ha visto un millón de veces Disneyland en la tele y ahora mismo está a punto de pisarlo…

En este post me centraré en el edificio más emblemático de la ciudad: el Teatro Romano de Mérida, que fue lo primero que visité.

El Teatro Romano de Mérida fue mandado construir por el cónsul Marco Vipsanio Agripa, en los años 15-16 a. C., si bien ha sido objeto de varias remodelaciones a lo largo de su historia, como la que sufrió posiblemente bajo el mandato del emperador Trajano a finales del siglo I o principios del II, cuando tuvo lugar la construcción de la fachada o frente de escena.


Sin embargo, con la llegada del cristianismo y el paso del tiempo, el recinto empezó a abandonarse y deteriorarse, hasta el punto de que sólo quedaron visibles algunas de las partes más altas del graderío. El edificio, que en su momento de esplendor tenía capacidad para 6000 espectadores, cayó en el olvido hasta que en 1910 comenzó su excavación por parte del arqueólogo José Ramón Mélida. No obstante, no fue hasta la década de los 60 cuando se reconstruyó el frente de escena, bajo la dirección de José Menéndez Pidal y Álvarez.


Las excavaciones y reconstrucciones dieron como resultado lo que podemos admirar hoy en día, si bien diversos estudios realizados refieren que hay diferencias notables con la obra romana original. Gracias a estas labores, el teatro ha recuperado la función para la que fue construido hace ya dos milenios, pues desde 1933 se viene celebrando en él el famoso Festival de Teatro Clásico de Mérida, al que también tuve la suerte de asistir.


Ver una obra de teatro en este lugar es algo que me resulta difícil de describir con palabras. Miras al frente y encuentras la majestuosa fachada con columnas de mármol azuladas y numerosas estatuas clásicas, echas un vistazo a tu alrededor y te ves rodeado de gente sentada en los graderíos… La función comienza, las palabras de los personajes parecen envolverme gracias a una acústica perfecta, los cánticos del coro me trasladan dos mil años atrás, cuando en el mismo lugar, personas totalmente distintas quedaban admiradas quizá por la misma obra que en ese momento estaba presenciando… Es cierto que en todos estos años hemos evolucionado mucho, pero al vivir estas experiencias eres consciente de que hay cosas que ni el paso del tiempo puede cambiarlas…



El autor

José Luis es un andaluz afincado en Barcelona desde hace ya un tiempo. Su pasión es descubrir nuevas culturas, viajar y escribir. Por ello realizó estudios de traducción e interpretación, una forma bastante acertada de aunar estas tres aficiones. Se define como una persona inquieta y curiosa, adicto a los viajes y al chocolate y amante del deporte, sobre todo el tenis. Prefiere los lugares tranquilos y solitarios y los rincones por descubrir.

2 comentarios:

Quiero experimentar al menos la sensación de que hay cosas que ni el paso del tiempo puede cambiar, y espero que no sea tardando mucho...¡a visitar Mérida!

Merece muchísimo la pena!! Preciosa ciudad! Precioso teatro ;)

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