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jueves, 29 de octubre de 2015

Reynisdrangar: cara a cara con los trolls petrificados de Islandia

Viajar a Islandia es una de las experiencias más bonitas que he tenido en mi vida. No sólo por la increíble variedad de paisajes que encontré, sino por las sensaciones que experimenté allí. Islandia está lleno de lugares inhóspitos, solitarios, mágicos, dramáticos, agrestes, agradables, desgarradores... Se me quedan cortos los adjetivos para expresarlo con palabras.

Uno de esos lugares inquietantes que vi fue Reynisdrangar, muy cerca de la pequeña localidad costera de Vik, en el sur de la isla. He de decir que este sitio no es ni por asomo de los más espectaculares de Islandia. Objetivamente, es una playa de arena negra, rodeada de algunos acantilados recubiertos de verde, y con tres formaciones rocosas mar adentro. No es algo extraordinario visto así. Pero si se ve bajo ciertas circunstancias y empiezas a indagar en la historia que se esconde tras las rocas de Reynisdrangar, comienzas a ver las cosas de otra manera y a experimentar sensaciones que van mucho más allá de contemplar esas tres agujas basálticas en mitad del agua.

Rocas de Reynisdrangar
Reynisdrangar, Islandia
Eran las 5 de la tarde de un día lluvioso, muy lluvioso. Un día gris. Gris y ventoso. Llegamos a Vik zarandeados y acariciados por el frío viento. Las gotas de agua, furtivas, iban y venían a merced del aire, cayendo sobre la única parte de nuestro cuerpo que estaba expuesta al exterior: la cara. Caminamos por un pequeño sendero hasta que llegamos a la playa de Vik, que en 1991 fue catalogada como una de las diez playas no tropicales más bellas del mundo. Estaba desierta. Tan sólo un valiente fotógrafo pululaba por allí intentando encontrar el mejor ángulo para su foto, luchando contra la fuerza del vendaval.

Reynisdrangur Islandia
Reynisdrangar, los trolls de Vik
Lo primero que me sorprendió fue la arena. Era arena negra, un color que contrastaba muchísimo con la cresta blanca de las bravas olas del Atlántico Norte. El mar estaba muy enfurecido. El viento no paraba de soplar, las olas no cesaban de romper, unas con otras, vomitando espuma al fundirse con la oscura arena de la orilla. Al levantar la mirada de allí, me di cuenta de que estaba junto a un acantilado pintado de tonos verdosos que contrastaban con el marrón negruzco de la tierra y el blanco cegador de la especie de neblina que nos abrazaba. Tenía la impresión de encontrarme en un escenario de una película de suspense. 

Playa de arena negra en Vik
Playa de arena negra en Vik

Tenía frío, mucho frío. Sentía cómo las gotas de agua se deslizaban plácidamente por mi cara, provocándome incómodas cosquillitas en mis mejillas. El estruendo de las olas le daba un cierto aire dramático a la situación. Y entonces, los vi. Allí estaban ellos, siendo azotados por la rabia del mar, soportando las embestidas de las olas, impasibles, inmóviles, desde que aquel fatídico día quedaron petrificados.
Trolls de piedra de Vik Islandia
Trolls de piedra de Vik, Islandia
Me encontré cara a cara con los tres trolls de Vik: Skessudrangar, Landdrangar y Langhamrar. Aquellos que, según cuenta la leyenda, salieron una noche de sus cuevas y estuvieron arrastrando un barco hasta la orilla. Una empresa que les llevó más tiempo del previsto, por lo que fueron sorprendidos por el día, por la luz del sol, que los transformó en piedra. Y desde entonces, ahí siguen, convertidos en tres grandes agujas de basalto, viendo pasar, impasibles, el tiempo.

Llegados a este punto, me sorprendo de lo mucho que puede cambiar la opinión que nos hacemos de un lugar en función de las emociones que hayamos experimentado al verlo. Lo que objetivamente sólo eran tres rocas apuntando hacia el cielo, para mi se transformaron, cobraron vida, sentido, en medio del vendaval de emociones que son capaces de generar los paisajes de Islandia.



El autor

José Luis es un andaluz afincado en Barcelona desde hace ya un tiempo. Su pasión es descubrir nuevas culturas, viajar y escribir. Por ello realizó estudios de traducción e interpretación, una forma bastante acertada de aunar estas tres aficiones. Se define como una persona inquieta y curiosa, adicto a los viajes y al chocolate y amante del deporte, sobre todo el tenis. Prefiere los lugares tranquilos y solitarios y los rincones por descubrir.

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